Claroscuro

Nos llamábamos en el silencio del sueño,
buscándonos
—primero, reconocíamos estancia y persona—
en el desasosiego de la mañana callada.
Un cordón de paz viaja abdomen arriba hasta abrirnos los ojos.
A pesar de la distancia,
nos reconfortaba la costumbre,
sabernos indisolubles,
y reorientábamos el corazón sin esfuerzo.

Hoy, cuando la noche no nos es propicia
y la memoria titubea en su alambre límbico,
seguimos llamándonos en sueños;
pero esta vez no hay fuga eléctrica por el cuerpo
y la bruma no se disipa de los ojos.
Entonces, recordamos, con tristeza,
que afuera está lloviendo,
que la ropa está tendida
y que el amor no es un plato que deba recalentarse.

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