Coral

Juro que Coral tiene unos párpados herméticos, unos párpados que se cierran como resortes. Que no entre la luz. Coral, desde tu abismo el dolor es irrisorio, apenas una fuga fina; un hilo que busca expansión sin resultado. Cómo atenazas el destino de aquel que se cruza en tu camino, cómo revelar tus intenciones si —a vuelta con ellos— tus ojos son un secreto, un enigma. Y te juro que desde aquí, desde la superficie, abisal como eres, apenas distingo tus colores, tu forma; eres un borrón de burbujas y algas.
Coral, qué merecido destino, qué ínfimo recuerdo tengo de tus muñecas, cómo se desdibuja tu mentón, cómo se pierden tus labios en la mente fría.
Hay una inquietante verdad que subyace a todo esto: nos debemos a lo vivido. Y yo, Coral, con mis precipicios, con la vasta ignorancia del hombre que se enfrenta a lo nuevo con más ilusión que sapiencia, con la terrible duda que siempre me asaltó; yo, Coral, empiezo a comprender muy suavemente la terrible sensación de la desmemoria.

Coral, ¿abrirás algún día los ojos?

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