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Marta pasea por El Muro

Abre tus ojos verdes, Marta, que quiero oír el mar.

                                                                          José Hierro

 

Dichosos los ojos que te ven, Marta.

Lacrimógenos, cristalinos,

pegan voraces bocados de sal

que erosionan la barandilla en la que te apoyas.

Si te inclinas, podrás contemplar la furia de su iris marino

que acomete, con cada mirada, un zarpazo de agua

que revuelve tu pelo y suscita en tus entrañas de caracola

una pregunta,

una suerte de duda.

 

Cuando quieras aliviarla, ya será tarde:

el tiempo habrá escarchado tu corazón de conchas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Poemas de Andrés Treceño, I

Los compañeros de Farhampton Mag me han pedido unos poemas para su estupenda página. He seleccionado estos dos.

Farhampton Mag

Oftalmos (‘Los cimientos’)

Cómo aplaudir el surco del ave

por el límpido azul

y caer en la osadía de renegar del pez

que busca en el reflejo del muelle.

Miraremos con ternura la mano patria

en el portal de nuestra casa,

pero objetaremos de la que trabaja el cuero

y ha cruzado el reflejo en el mar

para compartir soledad y tristeza.

Quiero huir de los hipermétropes sociales,

de los que votan al tuerto.

Quiero, pero tengo los ojos borrachos de lágrimas;

esa es otra forma de no ver.

Sin título

No es cierto que haya luz en las palabras,

ni siquiera las siluetas les permiten el paso.

No tienen propiedad físico-química alguna,

ni barruntan un significado.

Es una gracia que les hemos asignado.

Así paz podría haber adquirido todo lo malo,

vórtice oscuro de la desgracia,

derrota significar última esperanza,

lo frío, familia, convertir eternidad

en una clepsidra agónica,

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Entre los resquicios

Tintinean las farolas de la calle

con su luz de amatista,

palidecen con el ronco desgarro

de un camión de la basura.

 

Hay un par de borrachos zigzagueando

en mitad de la carretera;

ignoran la muerte, por ello los admiro:

 

desde mi ventana

la noche se desinfla en silencio.

 

Repunta su presencia con algún ladrido lejano,

en la radio del coche que se cree discoteca,

en la soledad que se aferra a mí

como una fiebre pegajosa.

 

Al filo de la mañana,

nada me pertenece;

sólo el recuerdo de quienes

se jugaron la vida

y lo callaron.

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Palabres pa una despidía

Nun ficieron falta

les lluces tebies de la verdá.

Escosaron rápido,

como palombes grises en San Marcos,

les palabres qu’un día tanto dixeron.

Memorices la culpa

y vívesla bien dientro,

domestiques el so calor afogante

hasta que casi nun lu sientes,

como un perru muertu baxo l’horru.

 

Al llamalu, verás que yá nun vien a llamber la mano

que-y daba de comer.

 

La pena afuracónos namás unos díes…

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Formar gobierno

Una tarde de agosto recibí la llamada de Rajoy para formar gobierno. Coincidió que yo estaba jalando una hamburguesa más pequeña que las del cartel en el McDonald’s de la calle Uría de Oviedo. Me sobresaltó la llamada, y eso que el móvil estaba en modo vibración; en la pantalla apareció un verso alejandrino de números, un inequívoco teléfono perteneciente a la administración. Creyendo que me llamaban del centro de salud para informarme sobre los resultados de las analíticas realizadas -¿cáncer?, ¿SIDA?, ¿SIDA y cáncer?, ¿Cáncer de SIDA?-, supedité mi hambre ante las insistentes convulsiones del iPhone.

– ¿Diga? -conseguí soltar mientras dejaba que un trozo de pan con ketchup y carne como la suela de una zapatilla se deslizase esófago abajo.
– Eshto… Hola. Eh… Shí. ¿Esh Andrés?
– ¿Quién es, por favor? -inferí.
– ¿Andrésh Treceño?
– Sí, pero ¿quién es?
– Shoy Mariano Rajoy.
– ¿Cómo que Rajoy?
– Shí, shí, shé que reshulta complicado de creer.
– ¿Es una broma?
– Hombre, depende, ¿no? Todo esh broma, shalvo alguna cosha como eshta.
– Así que Rajoy, ¿eh? Bueno —no podía sino sospechar que alguien me estaba tomando el pelo, pero dejé que quienquiera que fuese interpretase su papel un rato más—, ¿y qué quiere?
– Formar gobierno.
– Pues a la cola, amigo. Porque…
– No, no, esh en sherio.
No es que tuviese la mosca detrás de la oreja; es que me parecía que zumbaba una aviación entera de ellas como si una vaca me hubiese cagado en la zona temporal del cráneo.
– Oye, estoy comiendo y son de mal gusto este tipo de bromas. Eres Kike, ¿verdad? ¿Es una puta broma?
– Shi fueshe quien ushted dice que shoy, ¿podría decirle eshto?
Lo que me “shushurró” a través del móvil es mejor que quede en el más oscuro y absoluto de los olvidos, en una plácida ignorancia con la que les voy a agraciar. Fue entonces cuando le creí y me empecé a tomar en serio la situación.
– Joder, pues sí que es usted Rajoy.
– Ya… ya le dije.
– Formar gobierno -apuré los últimos tragos del bote de refresco, esos instantes de succión que resuenan como una cafetera.
– Exacto. Que shi me quiere ayudar.
– A formar gobierno.
– Shí.
Y se hizo el “shilencio”. En mi vida me habían propuesto sugerentes y extraños planes, actos, hechos y participaciones de diferente índole que quedaron sumidos en el indefectible “aparte” cuando el presidente del gobierno (en funciones, sí, pero presi) me propuso coaligarme con él para formar gobierno.
– ¿Y cómo funciona eso? -reanimé la conversación.
– Preshtándome shus votosh.
– Supongo que ignora usted que yo no estoy en el Congreso, ¿verdad? Que no tengo partido propio y que lo único mixto que conozco es el sándwich, no el grupo. Entenderá usted que lo que me propone es técnicamente imposible.
– Shí, pero verá, aquí el que maneja el cotarro shoy yo, ¿eh? Bueno, despuésh de Ángela, pero que aquí shoy yo el… y deshpuésh de Aznar, claro eshtá. Y que Barcenash, Shoraya… Bueno, que detrásh de todo eshtoy yo. Y que shi me da sush votosh, yo le hago ministro.
– Técnicamente imposible, ¿verdad?
– Técnicamente imposhible.
– ¿Cómo los quiere y cuántos?
– En shobre, losh que pueda mandarme.
– Dígame su dirección.
– 13, Rue de Génova. Muy amable.
Y colgó. Volvió el silencio, un silencio roto por la caja registradora y el crujido de las patatas Deluxe de los clientes de la mesa de al lado. Busqué un espejo en la pared y allí me encontré, desencajado, sudoroso y con una pápula de Ketchup en la comisura izquierda. No sé si sería el alto contenido calórico de la hamburguesa, la falta de sueño o la ingesta excesiva de cafés durante una semana, pero Rajoy me había llamado (eso creía) y me había propuesto formar gobierno, convertirme en ministro y todo ello por «mandarle votos por correo». ¿Qué votos? ¿Qué cojones? Fui al baño y me miré al espejo más de cerca. «Pupilas isocóricas», comprobé. «Taquicardia, pero eupnéico; algo sudoroso. Consciente y orientado en las tres esferas… Creo.» Tras la autoexploración, volví a la mesa y recogí la bandeja; esquivé a unos niños que se perseguían con globos en forma de espada, salí del establecimiento y me dejé llevar por la corriente de anónimos que llenaban la calle Uría. Sin saber qué dirección tomar, me quedé parado, con la vista clavada en el suelo, recreándome en la conversación de antes, también llamada delirio. O no. Miré el móvil; en llamadas recibidas, el número largo, la sucesión aleatoria de cifras. De repente, una notificación en forma de pestaña: un mensaje.
«Andrés, shé fuerte».
Mi psiquiatra.

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Coral

Juro que Coral tiene unos párpados herméticos, unos párpados que se cierran como resortes. Que no entre la luz. Coral, desde tu abismo el dolor es irrisorio, apenas una fuga fina; un hilo que busca expansión sin resultado. Cómo atenazas el destino de aquel que se cruza en tu camino, cómo revelar tus intenciones si —a vuelta con ellos— tus ojos son un secreto, un enigma. Y te juro que desde aquí, desde la superficie, abisal como eres, apenas distingo tus colores, tu forma; eres un borrón de burbujas y algas.
Coral, qué merecido destino, qué ínfimo recuerdo tengo de tus muñecas, cómo se desdibuja tu mentón, cómo se pierden tus labios en la mente fría.
Hay una inquietante verdad que subyace a todo esto: nos debemos a lo vivido. Y yo, Coral, con mis precipicios, con la vasta ignorancia del hombre que se enfrenta a lo nuevo con más ilusión que sapiencia, con la terrible duda que siempre me asaltó; yo, Coral, empiezo a comprender muy suavemente la terrible sensación de la desmemoria.

Coral, ¿abrirás algún día los ojos?

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Tarde de sábado con aires de domingo

La pulsión del cambio ha llegado al barrio.
Lo sienten las gaviotas que coronan tejados,
los tenderos que sisan con viejos trucos,
el tiempo amarillo detenido en San Fernando,
noche adentro, donde inventamos promesas
y consumimos las premisas.

La pulsión del cambio ha llegado al barrio,
que despierta con un sol legañoso
que pinta aceras y terrazas,
que, bajo, nos dibuja el camino.

Hoy por hoy,
rebañamos las fuerzas desparejadas en cajones
y salimos a bebernos las últimas oportunidades;
pero todavía no nos lo creemos del todo,
aunque tengamos la certeza
de que la pulsión del cambio ha llegado al barrio.

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