El sentir de las moscas

A veces, pienso en las moscas:
su batir de alas, inconsciente e interminable;
el golpeteo incansable contra el cristal de la ventana
en busca de una salida;
la irreprimible pasión por la mierda.

A veces, cuando pienso en las moscas,
despejo todas mis dudas:
son inevitablemente muy humanas.

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Rue des Paroissiens

Tus pies, piel fina,
juntos, sínfisis maleolar.
Alzo los ojos, desde el cielo
me miras con tus madreselvas.
Sonríes tímidamente,
mares rojos para que pase mi pueblo.
Tu melena se despeña.
Yo suelto mis párpados,
beso la superficie del remolino
que dejó tu madre en ti.
La habitación es blanca,
no tiene aún máculas de humedad.
Suspiras. Sonrío.
Me imitas.

Intuición de ciervo, me susurras.
Sea.

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Fin de verano

Tú y yo nos quitamos la ropa.
En el tocadiscos,
Diego Vasallo raspa palabras de Roger Wolfe;
al mismo tiempo,
en la ciudad agoniza el verano:
los gatos, con su flexura de junco,
miran al cielo amenazante de lluvia;
la gente muda sus ojos de girasol
y presenta conjuntivas llenas de tristeza.
Llueve.
Llueve.

Entre agosto y septiembre
se forma un abismo insalvable,
pero tú y yo caminamos hacia el futuro,
de la mano,
con el pretendido valor del funambulista.
Y sí, es cierta la tristeza,
veo a los gatos refugiarse de la tormenta,
siento al tocadiscos enmudecer
y agoniza, entre bocanadas de mar, el verano.

Mientras, tú y yo nos quitamos la ropa.

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Reseña de “Los Cimientos”

No lo anuncio yo, sino Diego Solís, amigo y hermano de versos. Ha hecho una reseña estupenda de mi primer poemario, ‘Los cimientos’. Espero que lo disfrutéis. Si queréis uno, podéis mandarme un correo a aatg1992@gmail.com.

El guardián de la lluvia

Los Cimientos
Andrés A.Treceño García
Ediciones Camelot, 2015

Andrés  A.Treceño García, ovetense de nacimiento aunque gijonés de adopción, publica su primer poemario Los cimientos; un libro esperado y que, pese a la juventud del autor (23), no da lugar al halago fácil, pues no lo necesita.

Sorprende que un estudiante de medicina escoja entre medias el oficio de poeta, aun así, desde los primeros poemas del libro (como Anatomía de una tarde de febrero) puede verse que de sobra se sabe la lección y que conoce sin tapujos la anatomía del verso blanco.

Le falta aún por pulir su (pretendida) economía del lenguaje aunque entre medias el resultado es notable y deja un sabor dulce que no desea ser cortado por la lógica de la sintaxis. No es una poesía que resulte inaccesible, lo cual no la hace simplista, sino que la universaliza y la mantiene justo a…

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El amor después del amor

Hay una constelación en mi mano,
hay una consternación en estos ojos.
Creo que han llovido infiernos toda la noche,
por eso el gato de los vecinos maúlla silencios.
Han dejado de existir los tejados,
han barrido nuestros cielos tangibles y desconchados,
y el Sol suda sobre los habitáculos.

Tal vez sea
el amor después del amor.

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Verdá III

Soi tolo mesmo una y otra vez:
agua, lluz, solombra, fríu.
Vesme llegar y vesme una y otra vez,
un espeyu, una copia, un recuerdu.

Equí toi
y nun soi yo; y soilo
– el d’ayeri, el de güei,
mañana yá falaremos-
una vez y otra. Y el reló nun para.

Voi a los bares atristayaos del barriu,
onde fui neñu mercando llambiotaes,
onde soi solombra y fríu,
onde espurro les manes y nun garro’l futuru.

Apagaron la lluz. Fuera, orbaya.
Dientro va tiempu que ta too moyao.

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Anatomía política

A Laura Casielles

El púlpito del corazón está en un lugar idóneo:
a la izquierda, a la izquierda,
a la izquierda…

Oíd su eco,
sentid cómo se delata a sí mismo.
Paso a paso
parece que marche en procesión:
su vida es un viaje sin retorno
y vamos con él de la mano.
Oíd sus pasos retumbar en el pecho.

Parece que se marcha
y nunca se ha ido.

Ni lo hará. Tendrán que arrancárnoslo.

Oíd el eco.
A la izquierda, a la izquierda.

A la izquierda…

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