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Siempre hay futuro

Quieres oír un murmullo

de futuro,

gritas desde el megáfono tras la pancarta.

Y grita contigo el mar, verde,

y a veces, su espuma blanca, que aún

lucha por mantener tus sueños con vida

y tu vida y la mía, con aliento. Y te giras,

y no ves pasado a tus espaldas,

sino presente; también ojos y

manos con mucha historia

que bien podrían ser pasado, pero que todavía

buscan ese murmullo de futuro que tú,

ya sea por amor

o por egoísmo universal,

quieres oír.

Luego, más tarde,

ya solos, pero con la inmensidad

del mundo a nuestras espaldas,

convirtiendo cerveza en tibias lágrimas,

me comentas:

 

– No hay futuro.

 

Y bajas la cabeza

y la cerveza se desangra del vaso;

y levantas la mirada

y cruzas el paso de cebra etéreo

hasta mis entrañas. Y yo te digo:

 

– Siempre hay futuro mientras oigas

sus pasos.

 

Dedicado a las mareas verde y blanca de profesores y alumnos, de médicos y pacientes, y bedeles y secretarias, y enfermeras y celadores.

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Todo y nada ha cambiado

Todo ha cambiado y
ya no reconozco ni mi calle:
el cruce se hizo rotonda
y los árboles, parkings,
y nació una estación de tren en donde
antes se instalaba el circo. Solía salir
de colegio y me acercaba a ver los animales; luego, comía y ya no recuerdo más.
Sólo recuerdo y admito
que todo ha cambiado. Ya no vivo
en mi casa,
y esa particularidad abstracta que es
saber tu cama y ver tu tele,
y almacenar recuerdos entre las paredes de tu habitación,
se despega y se evapora,
se difumina;
entonces, ya no tienes casa,
y pierdes muchos recuerdos aunque
sigan ahí, colgados de las paredes
o en álbumes comprados en los
“Todo a cien”.

Todo ha cambiado,
pero no todo ha sido para mal
o para peor:
algunas cosas han ido para
sin más; otras,
para bien; otras,
para nunca os larguéis,
que me matáis. Algunas no son
ni siquiera recuerdos porque aún
son jóvenes y tiernas,
porque aún se dejan deshacer en la boca sin miedo, porque no cansan y
saben a eternidad por el momento.

Que todo haya cambiado,
y que algunas cosas lo hayan hecho
tan rápido, me dice que no todo
-quizás todavía prácticamente nada-,
ha cambiado.

Espero que tú no cambies.

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Gracias por malacostumbrarme

Gracias por malacostumbrarme
al éxito de estar contigo
cada día que pasa,
por evocarme a un presente tranquilo
y, a la vez,
lleno de miedo
por preguntarme
“¿dónde está el fallo?” de esta
calma sin tempestad. Porque,
por extraño que parezca,
también es jodido hacerse
a este Sol entre tanto invierno,
escuchar Quique González sin pensar
en la demonización de sus frases
o pensar en los viajes sin la lacra
de las despedidas. Que ya pasé
mucho tiempo buscando miradas fugitivas
en una ciudad que no quería olvidarse de
algunos nombres; que ahora busco
grabar en las placas de cada calle el número
infinito de besos que nos habremos dado
al cabo de un suspiro.

Pero gracias, sobre todo, por hacerme
creer un poco más en dios;
no el que redime de los pecados cuando llega la muerte,
sino en el que me promete una eternidad contigo.

No todo fue malo:
hubo un día en el que vi la primavera en su boca
cuando no mordía…

Canción a mi público de Andrés Suárez.

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Etiología de nuestra ropa

Etiología de nuestra ropa

por el suelo de la casa:
entrada, cocina,
habitación y, finalmente, cama.
Estás apoyada en la ventana,
viendo el atardecer de tantas cosas
y la mañana de muchas. Piensas
en algo, lo sé. Lo sé por cómo miras
el huerto de antenas telefónicas, por cómo
escuchas el rock de gotas de lluvia y pájaros
en desbandada, por cómo hueles las flores
en tecnicolor que transportan a las personas
hasta sus casas. 
Se está bien en casa.
Y me gusta observarte desde
el umbral de la puerta del dormitorio, cerveza en mano, 
desnudo, sonriente tras cada trago. 
Suena Andrés Suárez en la cadena. Aún lo pongo
por si perdieras ese grado de enamoramiento,
por si pudiera retroceder tu corazón y, entonces,
tuviera que tirar de poemas
   -como este…
A veces me veo solo en el espejo. Es lo que tiene
vivir en fin de semana y morir con la rutina
del despertador canalla y las prisas,
las clases llenas de gente pero vacías,
y las mil hojas por leer que no son poemas,
y la anatomía por estudiar que no es la tuya.
Tengo la suerte de vivir a base de paciencia,
una taza todas las mañanas -sin leche- para reanimarme.
Porque sé que tengo que llevarlo con calma
para no agobiarme, para no coger un bus
todas las tardes y plantarme en mi casa,
que es la tuya, y remover Roma con tus labios
para encontrar la paz que dibujan tus ojos clavados
en los párpados. Y al abrirlos, encontrar mi paz,
agitado el pecho casi sin aire, tumbado,
mirando al techo, jadeando,
reviviendo.

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Tequilas a las tres de la mañana

En torno a este viernes moribundo,

en torno a la mesa del salón de casa de mis dos amigos,
están dispuestos los tequilas en círculo,
con la sal en nuestras tabaqueras 
y el limón de la vida agrietando nuestros labios.
Son las tres de la mañana,
una hora menos en mi pensamiento:
ya habrás salido del trabajo y te irás a casa,
renqueante tu corazón por otra noche sin fiesta
y sin mí, aunque sea yo más un complemento
que tu esencia. Juro que algún día llegaré a ser
tu despertar y tu anochecer en la misma cama,
en distintas circunstancias
cada una.
A las tres y media ya no veo ni los vasos,
pero encuentro tu foto en la pantalla de mi móvil,
descuelgo y callo,
me muero en un silencio de blanca con puntillo. Al otro lado,
respiras; yo sonrío. Colgamos a la vez y sé
que sonríes también al mismo tiempo.
Como cuando nos corremos al unísono de nuestros gemidos,
nos sobran las palabras para llenar
la honda atmósfera de felicidad que transpira nuestra piel.

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Los recuerdos aún no vividos

Tengo un billete para
el vuelo de tu falda.
Quizás entiendas, entonces, que no
quiero separarme de la estela
que dibujan tus tacones sobre los charcos,
ni dejar de sonreír, pícaro,
por los ojos que te espían con descaro.

Atiendo al tiempo que la vida
nos ha dado,
muy poco para lo que el amor
nos regala y aún hoy nos debe. Pero el amor
se cobra en negro
y hay desfalcos en nuestros besos
y deudas ocultas que no se pagan. Hay conspiraciones
en mi cama cuando me miras
y no debes, o cuando te disparo con mis ojos
y no hago diana.

Al acabar, siempre me siento solo,
y discierno entre la oscuridad los recuerdos
aún no vividos.

Sin embargo, hay algo divino,
algo que sobrepasa la mortalidad propia
de los hombres:
puedo sentir a tu lado, mientras reposas,
aún hirviendo tus entrañas, que copas
la eternidad que se nos escapa,
y me salpicas con ella
cuando te corres,
cuando me besas o
cuando me amas y
escondes mis defectos para buscar
mi corazón.

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El amor en la noche

Me acomodo en el hondo silencio que se crea
cuando terminas de pasar la página 7
de la antología de Benedetti que compraste
en aquella calle de Madrid. Sin importarte
la espera, con el café haciéndose en la cocina
y la noche ahogando las rendijas de mi persiana,
me besaste con la suavidad que acompaña al poeta
que descubre por primera vez unos versos del genio al que admira.
Sentí el frescor de la saliva dejándose caer por tus labios
y la mano que escudriña mi melena y mi barba,
jugando con la patilla de las gafas que termino por quitar
y abandonar a la suerte de la oscuridad que se hace en la estancia
al sonoro ‘clic’ del interruptor de la pared:
sumidos en la artificial noche,
matándonos a reproches de por qué no nos habríamos conocido antes,
buscamos a ciegas nuestros huesos bajo la piel,
estudiando la cartografía de nuestros cuerpos desnudos,
adivinando el futuro a través de nuestros ojos,
que se clavaban los unos a los otros sin mirar.
El diccionario en braille que es para mí tu anatomía,
sumida en la sombra de las lámparas oclusas,
me recuerda a los textos que aprendí de memoria
sin creer que un día podría llevarlos a la práctica sobre
un cuerpo que,
alejándome ya de la simple carne
y los huesos,
era más de lo que yo quería
o podía permitirme.

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