Archivo de la etiqueta: Diazepam

Mi miedo

A veces
me comporto como un gilipollas
y busco mis defectos y fallos
para no creer que te estoy haciendo daño
-y no lo hago:
me excuso en mí
y en el miedo de tantas despedidas
unilaterales,
en tantos adioses sin más,
sin portazos; sólo silencios
y lágrimas ahogadas por
las dudas, la incertidumbre
de la oscuridad de la noche
y la soledad repentina.

Y el jodido miedo
llama a mi puerta cada vez que
desapareces. ¿Por qué?, te preguntas.
Yo lo sé,
amor,
y es que jamás habría perdido
nada tan grande.

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Al fin y al cabo

Me descubro:
tan humano,
tan imperfecto
y tanto como te quiero.

Hombre, al fin y al cabo.

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Hoy te echo de menos

Hoy te echo de menos

más de lo habitual.
Te echo de menos en modo superlativo,
por encima del tiempo y la distancia.
Añoro mi casa,
pero la extraño contigo;
mi casa no tiene sentido sin ti
porque eres tú quien le da vida.
Hoy te echo de menos
mucho,
7,4 en la escala de Richter
  -y subiendo.
Echo de menos el pendular 
de tus caderas,
tu pelo de cerveza rubia en una terraza
en verano
y  el abismo que se crea en la comisura de tus labios
cuando sonríes antes de darme un beso.
Hoy también te echan de menos
todas las cosas que me hacen feliz
porque no pueden hacerte feliz a ti al mismo tiempo,
ni en el mismo lugar. Te echa de menos
mi música,
que se ha quedado sorda,
y mi espalda, que ya cicatriza;
te echa de menos mi almohada,
que ya no se empapa de tu colonia;
te echan de menos mis ojos
y mis manos,
que son quienes te descubren a la luz
y en la penumbra;
te echa de menos la camiseta vieja
de deporte que te pones para dormir conmigo;
te echan de menos mis labios,
que se resecan cuando no estoy contigo.
Te echo de menos.
Y echo de más el tiempo que nos separa.

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El diluvio universal

Dedicado a todos aquellos que ya no están. Porque nunca podré olvidar a nadie.


Se han abierto las grietas del tejado
y se ha venido abajo al cabo de unos días:
la lluvia y el viento,
la vida en sí misma,
actuando con alevosía y
sin reparos. Caben reparaciones
a largo plazo,
no para hoy ni mañana. No son días
de levantar y apuntalar,
sino de calcular los costes del derrumbamiento
y hacer presupuesto vital
para evitar que se vuelvan a abrir las grietas del tejado
y se vuelva a venir abajo al cabo de nuestros días.

Oigo una puerta cerrarse y una sombra
avanzando sobre la pared.
Amenaza lluvia:
por favor, no otra vez…

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Victorias pírricas

Sigues lastrando mi memoria. Ahora entiendo a Julia cuando me decía que tuviese el suficiente valor como para recordar lo bueno y la suficiente hombría para olvidar el resto. Aposté por un cóctel y, claramente, erré. Hay que saber muy bien cuándo mezclar, o qué dosis de cada palo administrar para que salga algo decente; si no las náuseas pueden durar mucho tiempo y no siempre se tiene un ‘Almax’ a mano. Realmente, comprendía que no todo debía ir bien -si piensas que todo va bien en tu vida, tu mente está enferma-, así que esperaba cada día al siguiente golpe que me advirtiese de la situación. Los días en que la espera no era fructífera me iba a la cama con un extraño regusto a victoria en los labios. ‘Creer en la victoria total, qué iluso’, recuerdo que me soltó Borja una madrugada de regreso a casa. Por aquel entonces, sí, aún creía que se podía ganar siempre y absolutamente. ‘Victorias pírricas, amigo; quédate con este concepto’. Todavía lo estoy asimilando.

El problema en cuestión es el siguiente: mi memoria no cesa; no deja de imaginarse situaciones tan ficticias como verídicas -así me lleve pronto la locura. ¿Cómo decirme a mí mismo que lo que me imagino y anhelo no es más que una vaga esperanza? ¿Cómo engañarme si sé que cabe la posibilidad de que se convierta en realidad? Victoria pírrica es seguir creyendo que puede pasar, aunque en el fondo nunca vaya a suceder. Un maniqueísmo que me mantiene en vilo las últimas noches. Y mi memoria, en parte, no cesa porque mis ojos no dejan de moverse, buscándote por las calles y los pasillos. Los ojos transmiten esa información al cerebro y este registra tus movimientos, grabándolos. Doble desastre: no me bastaba con verte; ahora te guardo. Y del bagaje que recopila esta materia gris, mi imaginación teje las historias: ficticias y, a la vez, verídicas. Y vuelta a empezar.

Me llamó Silvia a las tres de la mañana, preocupada. Había recibido un correo mío hacia las dos y veinte de la mañana, lo que la sobresaltó. Los móviles de hoy en día avisan con un extraño timbre y una potente luz que es capaz de sacar del sueño a los más profundos soñadores; verbi gratia, Silvia. Tras una serie de vagas preguntas, dado su estado de ensoñación, consiguió captar básicamente el grueso de mis intenciones. Mi voz sonaba fuerte, serena y decidida. Estaba cambiando mis ciclos del sueño poco a poco, así que las noches eran para mí las nuevas mañanas; pudiera ser que en unas pocas horas, cayese rendido. ‘He de irme de esta ciudad’, le comenté. No había temblor en mi voz, ni miedo. Sabía bien lo que decía y por qué lo decía. Silvia no objetó nada, tal vez por el cansancio o porque estaba alucinando con mis palabras. Le solté una retahíla de argumentos, a mi entender sólidos, que bastaron para despedirme de ella. Sí, eso era: no fue una explicación de por qué tenía que largarme, sino un adiós -“hasta luego”, tal vez- tranquilo.

Silvia se presentó en mi casa a la mañana siguiente cuando recordó la conversación telefónica. Se arregló un poco y salió disparada por toda la avenida hasta mi portal. Cuando llegó, supo que ya era tarde: había bajado todas las persianas para darle al interior de la vivienda el toque fúnebre, sombrío y triste que debía conllevar mi marcha. Yo nunca bajaba las persianas. No era miedo a la oscuridad, no. Esas cosas pertenecen a la tierna infancia. No las bajaba por el mero hecho de que tal vez, por algún extraño motivo, tú pudieras pasar de noche por delante de mi casa. Y yo estuviera apoyado en la ventana, como solía, fumando un cigarrillo y dejándome perder en la silenciosa noche, rota la calma tal vez por la sirena de la policía cerca del puerto.

Así que huí. Huí tan lejos que ni siquiera recuerdo ya dónde estoy. Hice caso a Borja y me apliqué su estilo de ‘victoria pírrica’. Como escribí yo un día, ‘huir a veces parece lo más sensato’.

Dedicado a mi tía Silvia -mi tía de México- que falleció en el día de ayer. Que tu sonrisa siga iluminando mi memoria.

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De aquellos polvos vienen estos lodos

Con esta colección de errores que es mi vida,
tejeré el futuro en abanico tecnicolor:
un futuro donde caben más errores,
que son el gris incierto de los adoquines
de las ciudades que habito
y olvido,
salpicado de aciertos rojos
como la sangre de las heridas que conllevarán.

Aún no he dormido lo suficiente
para alejarme de los sueños y vivir,
de una vez,
la realidad, que también encierra sus sueños
en dosis diarias de esperanza
para combatir la tristeza que pesa sobre este mundo.

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Alegoría a la victoria (tierra seca)

¿Son estos versos para un largo viaje
o tal vez me equivoqué de nuevo al elegirlos?
He vivido ya mil historias
y más de mil piedras en el camino.
¿Alegoría a la victoria?
Lo siento,
aún no la he sentido en carne propia,
pocas veces en la de mis amigos:
no sé hablar del agua que nunca he probado,
aunque algunos quieran convertirla en vino.
Tal vez necesite otra derrota
para contentar al destino,
que sigue sediento de fracasos
   -sigue queriendo convertir el agua en vino.
El tiempo apremia. ¿Para qué?
El reloj sigue la cuenta. ¿Para quién?
No hay prisa cuando la vida no llega,
la muerte espera
y mis pasos siguen pisando esta tierra.
Tierra mojada
que un día fue seca.

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