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Una vida inconclusa

Estaba un poco desquiciado. Las tardes vacías me pasaban factura. La noche se dibujaba ya en la ventana, tenía pinta de que el frío me haría compañía en la cama una vez más. La habitación era un pequeño cubículo con vistas al recuerdo: un trozo de la calle mal iluminado con un bar abierto -donde me había tomado unos tequilas-, un coche aparcado en parte sobre la acera y algún que otro cartel reivindicativo que anunciaba huelgas y movilizaciones contra los despidos en la industria. La estancia tenía un pequeño taco de folios en blanco y un par de bolígrafos de propaganda del propio hotel sobre un escritorio hortera y anticuado. No era mucho, pero me sobraba. Para escribir no se necesita mucho; para elaborar una buena historia, sí. Pero tenía las ideas, que eran mi propia experiencia, un hondo tintero de anécdotas y conversaciones. ¿Cómo plasmarlas? Con paciencia, sin duda; eligiendo bien el momento que le corresponde a cada una de ellas.

Me puse a ello a pesar de los tequilas en sangre. Estaba en ese momento emocional que la vida suele otorgarle a todos los escritores para que desarrollen una obra: algo bebido, jodido en el amor, tocado el portaaviones en lo personal. Las circunstancias que me habían empujado a aquella calle, a visitar aquel bar oscuro y, por último, a reservar por una semana aquella habitación de paredes desconchadas eran las propicias para contar lo que mi mente, ya cansada de ahogar en silencio, quería escupir. En media hora, con aquel sencillo bolígrafo, y sin casi darme ni cuenta, había recorrido quince páginas de aquellos capítulos de mi vida que iban a formar parte de una novela. Que se fuera a publicar o no ya era otro tema. ¿A quién podría interesarle mi vida? ¿Qué editorial iba a querer publicar mi vida, ponerle un precio y hacer que gente anónima la consumiese? Se trataba efectivamente de mi vida y ¡gente anónima!, sí, iba a leerla, a juzgarla, a pensar y reflexionar sobre ella. Me aterraba la idea. Solté el bolígrafo de golpe. Esperé cinco minutos, en mi cabeza fluían visiones de librerías con estantes llenos de mi novela, con mi fotografía en grande en portada -no una fotografía actual, no: tenía que ser una imagen de mi yo en niño, quizás con un triciclo o vestido de jugador de fútbol- y un pequeño detalle donde se leyese “8ª edición” -¡cuantísima gente la habría leído, entonces!-; gente hojeándola en la librería, soltando billetes por ella…
Cogí los papeles, saqué el mechero de mi bolsillo y los prendí junto a la ventana. Mientras ardían, aproveché para encenderme un cigarrillo.
Estaba quemando mi vida.
Se fue dejando un rastro de confeti;
la luz del garaje, encendida.

Dallas-Memphis  de Quique González.

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Las estaciones de tren

Las estaciones de tren guardan la impronta

de las despedidas más tristes,
las que aún hoy se lloran en otras estaciones,
quizás por otras personas,
seguro que en distintos trenes.
Los andenes, fríos refugios de la nostalgia,
acaparan la imagen del último beso,
confunden la marcha con la espera,
y a la espera con la venida. Son lugares
de transición emocional donde se siente
el latir del tren sobre las vías
   -viene-
o el silencio de un corazón que se apaga
   -marcha.

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De los errores

Cuando cometí mis primeros errores,
lloré por creer que estaba perdido.
Ahora maldigo aquellas lágrimas:
sin aquellos errores,
jamás te habría conocido.

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Mi espera

Te espero en el mismo bar:

los mismos tragos,
los mismos gestos y causas perdidas,
la misma tristeza en los ojos de los parroquianos.
Sonrío cuando me preguntan
que si voy a beber lo de siempre:
‘qué si no’, les respondo, y me sirve
un rato más de espera -por ti.
Ahogo mis ideas en la copa,
nacen sueños de la misma.
Escupo entre los dientes alguna maldición,
alzo la vista y veo lo de siempre.
Lo de siempre. Y mi espera por ti,
que se difumina cuando entras,
sonriente y decidida,
me miras y me despiertas con un beso.

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Historia cualquiera sobre la tristeza y la esperanza

Late el corazón de la ciudad
al ritmo de la lluvia. Veo desde
mi ventana el mundo:
gris y opaco,
como si no quisiera mostrarme esperanza alguna.
Corro la cortina y me enfrento
a una realidad vacía e inocua:
muebles y alfombras,
paredes de las que penden recuerdos fotográficos,
pianos cerrados que dan la espalda a la vida
y ropa usada y con olor a tabaco
sobre la silla del ordenador.

Cambio la escena. Salgo a la calle;
quiero cambiar la trama. Mis pies no caminan,
sino nadan sobre los charcos de la desolación.
Parece que quieren hundirme,
atraerme hacia el fondo de asfalto. Salpican
mis vaqueros,
pero enciendo un cigarrillo y con el mechero
busco iluminar el cielo,
gris y opaco como el mundo que observaba desde mi ventana.

Si pudiera prender todas esas nubes
que hoy ciegan la luz…

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La verdad nunca caduca

Tomas un avión con rumbo a la libertad
que concede esta nueva vida tuya. Ahora
que viajas tanto,
desde que ves el mundo en todas sus dimensiones

y aprecias en cierta medida las oportunidades que te brinda
el desenvolverte sola,
el conocer nuevos rostros e intentar indagar 
en el corazón de otras personas,
ya no eres quien fuiste,
aunque tampoco serás en quien hoy vives.
Me divierte que me digas
que no sabes hasta qué punto entiendes la felicidad;
sonrío cuando me hablas de tus inquietudes
y de tus miedos;
adoro la manera en que moldeas las palabras
y las liberas con ternura al aire.
Dime que no son esas las mariposas que revolotean en tu estómago;
niégamelo y te daré la razón:
puede que sean las que lo hacen en el mío.
Porque desde hace unas semanas,
siento la sangre hervir en mis venas
y procuro aferrarme a todo hálito de felicidad que 
pueda dispensarme este mundo sombrío.
Porque tú iluminas mi camino.
¿Qué es en el fondo actuar, sino mentir? ¿Y qué es actuar bien, sino mentir convinciendo?
Sir Laurence Olivier

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De lo que no entienden las mentiras

Como un coche cruzando la mañana,
me despierta el rugido de mi corazón,
motor que usa combustible con plomo,
plomo que pesa en la entrañas
y que tira hacia abajo.
La cabeza es un museo
de marcos sin cuadros
   -arranqué las pinturas con mis propias manos-;
resuenan por sus pasillos los tacones que llevabas los sábados,
las canciones que amábamos
   -y aún hoy,
       en silencio y soledad, 
         amamos-
y el derrape de nuestros labios al separarnos.
Con las primeras luces,
estreno cada día miedo a cruzarte en la calle,
miedo a mirarte
y descubrirte ciega:
ojos opacos que no quieren reflejar mi tristeza,
ni soltar tu felicidad.
La tarde tira del velo de la noche.
Octubre agoniza:
cierran antes los días
para dar cabida al pecado doméstico,
a la guarida en que se transforma el bar
o a la pasividad mirando al cielo.
De noche me acompaña el miedo a dormir
por si pudiera volver a soñar contigo…
Ya no hay excusas:

el recuerdo me delata.

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