Archivo de la etiqueta: Verso a verso

Tarde de sábado con aires de domingo

La pulsión del cambio ha llegado al barrio.
Lo sienten las gaviotas que coronan tejados,
los tenderos que sisan con viejos trucos,
el tiempo amarillo detenido en San Fernando,
noche adentro, donde inventamos promesas
y consumimos las premisas.

La pulsión del cambio ha llegado al barrio,
que despierta con un sol legañoso
que pinta aceras y terrazas,
que, bajo, nos dibuja el camino.

Hoy por hoy,
rebañamos las fuerzas desparejadas en cajones
y salimos a bebernos las últimas oportunidades;
pero todavía no nos lo creemos del todo,
aunque tengamos la certeza
de que la pulsión del cambio ha llegado al barrio.

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Claroscuro

Nos llamábamos en el silencio del sueño,
buscándonos
—primero, reconocíamos estancia y persona—
en el desasosiego de la mañana callada.
Un cordón de paz viaja abdomen arriba hasta abrirnos los ojos.
A pesar de la distancia,
nos reconfortaba la costumbre,
sabernos indisolubles,
y reorientábamos el corazón sin esfuerzo.

Hoy, cuando la noche no nos es propicia
y la memoria titubea en su alambre límbico,
seguimos llamándonos en sueños;
pero esta vez no hay fuga eléctrica por el cuerpo
y la bruma no se disipa de los ojos.
Entonces, recordamos, con tristeza,
que afuera está lloviendo,
que la ropa está tendida
y que el amor no es un plato que deba recalentarse.

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El sentir de las moscas

A veces, pienso en las moscas:
su batir de alas, inconsciente e interminable;
el golpeteo incansable contra el cristal de la ventana
en busca de una salida;
la irreprimible pasión por la mierda.

A veces, cuando pienso en las moscas,
despejo todas mis dudas:
son inevitablemente muy humanas.

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Rue des Paroissiens

Tus pies, piel fina,
juntos, sínfisis maleolar.
Alzo los ojos, desde el cielo
me miras con tus madreselvas.
Sonríes tímidamente,
mares rojos para que pase mi pueblo.
Tu melena se despeña.
Yo suelto mis párpados,
beso la superficie del remolino
que dejó tu madre en ti.
La habitación es blanca,
no tiene aún máculas de humedad.
Suspiras. Sonrío.
Me imitas.

Intuición de ciervo, me susurras.
Sea.

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Fin de verano

Tú y yo nos quitamos la ropa.
En el tocadiscos,
Diego Vasallo raspa palabras de Roger Wolfe;
al mismo tiempo,
en la ciudad agoniza el verano:
los gatos, con su flexura de junco,
miran al cielo amenazante de lluvia;
la gente muda sus ojos de girasol
y presenta conjuntivas llenas de tristeza.
Llueve.
Llueve.

Entre agosto y septiembre
se forma un abismo insalvable,
pero tú y yo caminamos hacia el futuro,
de la mano,
con el pretendido valor del funambulista.
Y sí, es cierta la tristeza,
veo a los gatos refugiarse de la tormenta,
siento al tocadiscos enmudecer
y agoniza, entre bocanadas de mar, el verano.

Mientras, tú y yo nos quitamos la ropa.

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El amor después del amor

Hay una constelación en mi mano,
hay una consternación en estos ojos.
Creo que han llovido infiernos toda la noche,
por eso el gato de los vecinos maúlla silencios.
Han dejado de existir los tejados,
han barrido nuestros cielos tangibles y desconchados,
y el Sol suda sobre los habitáculos.

Tal vez sea
el amor después del amor.

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Verdá III

Soi tolo mesmo una y otra vez:
agua, lluz, solombra, fríu.
Vesme llegar y vesme una y otra vez,
un espeyu, una copia, un recuerdu.

Equí toi
y nun soi yo; y soilo
– el d’ayeri, el de güei,
mañana yá falaremos-
una vez y otra. Y el reló nun para.

Voi a los bares atristayaos del barriu,
onde fui neñu mercando llambiotaes,
onde soi solombra y fríu,
onde espurro les manes y nun garro’l futuru.

Apagaron la lluz. Fuera, orbaya.
Dientro va tiempu que ta too moyao.

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