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Anatomía política

A Laura Casielles

El púlpito del corazón está en un lugar idóneo:
a la izquierda, a la izquierda,
a la izquierda…

Oíd su eco,
sentid cómo se delata a sí mismo.
Paso a paso
parece que marche en procesión:
su vida es un viaje sin retorno
y vamos con él de la mano.
Oíd sus pasos retumbar en el pecho.

Parece que se marcha
y nunca se ha ido.

Ni lo hará. Tendrán que arrancárnoslo.

Oíd el eco.
A la izquierda, a la izquierda.

A la izquierda…

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Conversaciones I

Mira
en algunos bares apuntalamos la tristeza
marcamos el ritmo con el apurar de los vasos
y la soledad es un sudor que dibuja mapas en la camisa.

La tristeza era
un bamboleo de tragos y miradas ajenas.
Y lo sé
porque yo también digerí todo aquello;
lo peor
el hambre atroz agazapada en el pecho.

Ese recuerdo es imborrable.

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Ascensión

Tus pasos fríos por el pasillo
el incansable goteo de urgencia
a través de la toalla,
por tu piel,
hasta empapar la página 4.

Volver a ver.

Ahora te entiendo,
Lázaro.

Y el interminable goteo de paz
y reposo sobre mi cuerpo,
bajo el tuyo.

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Exerciciu d’aniciu

Malapenes-y queda un fervor.
Ruempe como ruempen les families,
testigues del pasu del tiempu.

Esto nun ye pa nós,
dices. Curiosamente, sorrío
y la mio sorrisa estráñate.

Qué raru yes.
Y la puerta ruempe n’estielles de silenciu.

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Salamanca, siempre todavía

Te veo en la cama
rodeada por un aura de arrugas de sábana.
Y qué si son las once y media,
nunca creímos en la disciplina de los relojes.

Hoy es siempre todavía,
me susurras, y siempre todo tiene que ver contigo:
oh, Leonor mía, no te mueras.
Soria tendrá excusa en sus murallas,
pero aquí, donde alguien gritó “viva la muerte”,
en esta ciudad,
en sus mismas calles,
en esta cama, ahora, a las once y media,
que viva la vida, Leonor.

Podrán vencernos, pero no convencernos de nada más.

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Ahora lo sé

Ahora lo sé:
es verdad que la tristeza
se edifica sobre playas
y que son ciertos los horizontes
que nos prometimos.

Yo pienso en Berlín
y tú pones en mis labios tu nombre
con tus labios,
y nos dejamos entretejer poco a poco,
livianos, en mitad de la cocina.
Yo pienso en ti
y tú raptas tu nombre de mis ojos,
ciegos de ti,
y dejas que deletree cada segundo en tu cuerpo.

Y el corazón, que nunca fue muy certero,
no deja de batir palmas a cada paso que das.

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No el ruido no

Mi pecho
un enjambre de abejas
inyectando aguijones oxidados
y el ruido
que no cesa
sobre todo el ruido
y el vaho en los ojos
y el mundo que parece en guerra
aun estando tan calmado.

Y el ardor del recuerdo
como sal en una llaga
y el veneno arrastrándose
por mi sangre…

Ya se han inmolado todas las abejas
pero el ruido no cesa.

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